Monterrey, Nuevo León.- La fantasía de automatizar la educación no es nueva; desde los años 60 o 70 del siglo pasado se hablaba de eso y ahora la Inteligencia Artificial (IA) parecería una alternativa más realista para lograrlo, si no fuera por un enfoque limitativo y porque la labor del docente va mucho más allá: incluye habilidades de manejo de grupo, planeación, evaluación, percepción de momentos en la clase, habilidad para ajustar contenidos, manejo de emociones, motivación e imaginación “porque aprender no siempre es fácil”.
Al ofrecer la conferencia “Inteligencia artificial en la educación expectativa contra realidad”, Paulo Blikstein, director del laboratorio de investigación del Instituto para el Futuro de la Educación (IFE), señaló que, en general, el fracaso de los intentos por automatizar la educación, se debe a que la mayoría se centraron sólo en la idea de reemplazar a la persona que se paraba frente al grupo a transmitir conocimientos, cuando ser profesor es mucho más complejo.
El enfoque de sustituir a la persona por una máquina que se siga parando frente al grupo a transmitir conocimiento también es limitativo, pues la labor docente se ocupa de muchas más cosas y por eso la automatización es mucho más compleja. En el caso de la Inteligencia Artificial no se requeriría “una IA, sino varias IA´s”, si se quisiera reemplazar al profesor.
Pero además, no podemos perder de vista que “hemos evolucionado para estar con humanos”, de manera que dejar a las máquinas el proceso de aprendizaje, no generaría los mejores resultados.
En todo caso, sí es posible identificar ciertas herramientas de IA que pueden ayudar a los maestros a resolver ciertos aspectos de su práctica diaria y se pueden dividir en actividades de “bajo, medio y alto riesgo”.
Las actividades repetitivas como completar listas de asistencias, pasar calificaciones o generar promedios y que se pueden resumir como “investigación y gestión”, son perfectamente viables para la IA y generan bajo riesgo.
Tareas de planeación también pueden realizarlas la IA, pero pueden llegar a ser controversiales, por ejemplo, al abordar temas de historia escrita desde distinta óptica o ciertos aspectos raciales que puedan interpretarse como discriminación y que por tanto escalarían a riesgo intermedio.
Finalmente, las labores que las y los profesores realizan respecto a la evaluación del aprendizaje también las puede realizar la tecnología, pero pueden ser de alto riesgo, porque implican la relación con los alumnos y el futuro de éstos. No obstante, si a la IA se le aplican criterios éticos, estas últimas labores pueden trasladarse hacia un punto más cercano al riesgo medio.
Con todo, más allá de pensar específicamente que la IA va a sustituir a los profesores, lo mejor será tomar las decisiones basados en evidencias y sólo aplicar algunas de las herramientas de esta tecnología en ciertos aspectos que le permitan al profesor mejorar su gestión y dedicar más tiempo a estar con sus alumnos y ayudarlos a crecer y aprender mejor, en lugar de dedicarse a las tareas repetitivas que puede realizar la tecnología.
Es importante entender que en el proceso de enseñanza-aprendizaje “no hay milagros ni magia”; se trata simplemente de adaptar las herramientas disponibles a las tareas específicas que ayuden a la gestión del profesor y le liberen de actividades repetitivas, porque en el aula se le necesita como un ser humano que acompaña y guía a sus alumnos.
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